Artículo 40: El síndrome de Betsabé en el liderazgo peruano: una mirada académica desde la ética, los valores y la gestión.
El
síndrome de Betsabé toma su nombre de la conducta del rey David cuando, en la
cúspide de su éxito y poder, abusó de su posición para satisfacer un deseo
personal. Al quedarse en Jerusalén mientras su ejército combatía, David vio a
Betsabé, esposa de uno de sus oficiales, y decidió tomarla aun sabiendo que era
moralmente incorrecto. Cuando ella quedó embarazada, utilizó su autoridad y los
recursos del Estado para encubrir su falta, manipulando a otros líderes y
provocando finalmente la muerte de Urías, su esposo. Este episodio muestra cómo
un líder exitoso, con principios previos, puede caer en una espiral de faltas
éticas al creer que su poder le permitirá controlar y ocultar las consecuencias
de sus actos.
En
el debate contemporáneo sobre ética y liderazgo particularmente en el Perú,
suele asumirse que los escándalos y fracasos éticos en la alta dirección pública
o privada se explican por la corrupción estructural, la presión política o la
debilidad institucional. Sin embargo, la literatura académica en gestión y
ética organizacional ofrece una perspectiva complementaria y necesaria: muchos
fallos éticos no emergen en contextos de crisis, sino en escenarios de éxito
sostenido.
Este fenómeno es conocido como el síndrome
de Betsabé, concepto desarrollado por Dean C. Ludwig y Clinton O.
Longenecker, y resulta especialmente pertinente para analizar el comportamiento
de líderes públicos y privados.
El síndrome de Betsabé: éxito
y vulnerabilidad ética
El
síndrome de Betsabé describe la incapacidad de ciertos líderes exitosos para
gestionar adecuadamente los subproductos del poder, la autonomía y el
reconocimiento. A diferencia de los dilemas éticos complejos, este síndrome se
manifiesta en decisiones que el líder sabe que son incorrectas, pero que
cree poder justificar, controlar o encubrir debido a su posición.
La referencia histórica al rey David no
busca un paralelismo religioso, sino ilustrar un patrón universal: el éxito
puede debilitar los mecanismos de autocontrol ético incluso en individuos con
trayectorias íntegras.
Cuatro dinámicas del éxito que
explican el riesgo ético
Desde
un enfoque académico, el síndrome de Betsabé se articula en torno a cuatro
subproductos del éxito que interactúan a nivel personal y organizacional. Estos
no son abstractos; se manifiestan hoy de manera visible en la esfera pública y
privada.
1. Pérdida de enfoque estratégico
En contextos de éxito sostenido, algunos
líderes reducen su atención a sus responsabilidades centrales y desplazan su
energía hacia intereses personales, sociales o simbólicos.
Como ejemplo reciente, tenemos lo ocurrido durante
un concierto de Coldplay hace unos meses, en donde una pareja fue expuesta
públicamente en una pantalla gigante (kiss cam), revelándose luego una
relación extramatrimonial entre un alto directivo y una colaboradora. Más allá
del componente personal, el caso ilustra cómo la pérdida de enfoque y el uso
indebido del estatus jerárquico pueden transformarse rápidamente en un riesgo
reputacional y organizacional.
2. Acceso privilegiado a
información y personas
El liderazgo exitoso otorga acceso a
personas, espacios y situaciones que no están disponibles para el resto de la
organización. El riesgo aparece cuando ese acceso se percibe como una licencia
implícita.
En nuestra realidad existen casos en
donde las relaciones sentimentales o de cercanía personal entre superiores y
subordinados derivaron en favoritismos, conflictos de interés, perdida de
meritocracia, nepotismo y/o designaciones cuestionadas.
3. Control creciente de recursos
El éxito suele traducirse en mayor
autonomía presupuestal y poder decisorio. Sin contrapesos efectivos, este
control facilita abusos normalizados.
Investigaciones en diversos gobiernos de América Latina
muestran cómo autoridades con alta legitimidad electoral utilizaron
discrecionalmente recursos públicos para fines personales o políticos,
convencidos de que su capital político les permitiría evitar consecuencias.
Hechos similares los vemos en nuestra realidad, especialmente en los gobiernos
regionales y locales. Peor aún, los casos de recorte de sueldos o
remuneraciones en los entornos más cercanos de ciertas autoridades. Incluso en
el ámbito privado, de acuerdo con la Encuesta Global de Integridad 2024 de EY,
el 49% de encuestados en el Perú considera que hay gerentes que sacrificarían
la integridad para obtener ganancias financieras personales.
4. Creencia inflada en la
capacidad de controlar resultados
El éxito refuerza la idea de que
cualquier situación puede ser manejada, corregida o encubierta.
A diario vemos en nuestro país múltiples
procesos administrativos y penales que evidencian cómo altos funcionarios
intentaron minimizar o justificar conductas indebidas (contrataciones, viajes,
relaciones impropias, etc.) bajo la creencia de que su posición y redes de
poder les permitirían controlar el desenlace. Igualmente, en la Encuesta Global
de Integridad 2024 de EY, el 60% de los encuestados en Perú destaca que al
menos en alguna ocasión en la que denunciaron un acto no ético se vieron
presionados para no hacerlo.
El síndrome de Betsabé y el
modelo de integridad
En
el caso peruano, el análisis del síndrome de Betsabé adquiere especial
relevancia al contrastarse con el Modelo de Integridad impulsado por la
Secretaría de Integridad Pública de la Presidencia del Consejo de Ministros.
Este modelo parte de un enfoque
preventivo y sistémico, orientado a reducir riesgos de corrupción y conductas
indebidas a través de componentes como:
ü
Compromiso
de la alta dirección
ü
Gestión
de riesgos de integridad
ü
Transparencia,
rendición de cuentas y acceso a la información
ü
Canales
de denuncia y protección al denunciante
ü
Capacitación
y cultura organizacional
Desde
una perspectiva académica, el síndrome de Betsabé permite explicar por qué el
compromiso de la alta dirección es el componente más crítico (y a la vez más
vulnerable) del modelo. Cuando el liderazgo alcanza legitimidad, poder y
autonomía, pero pierde enfoque estratégico o desarrolla una sobre confianza
excesiva, los mecanismos formales de integridad pueden volverse meramente
declarativos.
En este sentido, el modelo peruano no
solo debe ser entendido como un conjunto de instrumentos normativos de
prevención, sino como una respuesta estructural para contener los efectos del
éxito y del poder concentrado en la cúspide organizacional.
El rol del Compliance en la
prevención del fracaso ético
El
compliance cumple una función esencial como sistema de control interno
orientado a asegurar el cumplimiento normativo, ético y reputacional. Sin
embargo, desde la lógica del síndrome de Betsabé, su efectividad depende de una
condición clave: la independencia real frente a la alta dirección.
En las organizaciones públicas y
privadas, el riesgo no radica en la ausencia de programas de cumplimiento, sino
en su subordinación informal al liderazgo que precisamente debería ser
supervisado. Un caso relevante fue el de CORPESCA en Chile, en donde hubo falta
de controles efectivos: No había supervisión ni cuestionamiento hacia el
Gerente General, quien autorizaba pagos a políticos a cambio de favores
legislativos. Asimismo, tuvo un deficiente Modelo de Prevención de Delitos, en
donde el sistema de compliance estaba en el papel, pero no era operativo, sin
aplicación práctica ni mecanismos para detectar o prevenir actos ilícitos.
Adicionalmente, hubo ausencia de supervisión, lo cual origino que el Directorio
y el Encargado de Prevención no ejercieron sus deberes de supervisión sobre el
Gerente General ni monitorearon la eficacia del sistema.
Por tanto, es necesario que un sistema
de compliance robusto contribuye a:
ü
Establecer
límites claros al uso del poder y los recursos
ü
Reducir
la discrecionalidad no supervisada
ü
Detectar
tempranamente desviaciones asociadas al éxito organizacional
ü
Generar
evidencia objetiva frente a intentos de encubrimiento
Desde
esta perspectiva, el compliance no debe concebirse solo como una exigencia
legal, sino como un mecanismo de contrapeso institucional frente a la sobre confianza
del líder exitoso.
Adicionalmente,
en nuestro país contamos con el modelo de Prevencion a cargo de la Superintendencia
del Mercado de Valores (SMV) regulado por la Ley N.° 30424, Ley que regula la
responsabilidad administrativa de las personas jurídicas en el proceso penal,
sus modificatorias. Contiene normas y procedimientos que las empresas
implementan para evitar cometer delitos como lavado de activos o cohecho,
identificando, evaluando y mitigando riesgos, con el fin de fortalecer la
integridad, transparencia y poder eximir o atenuar su responsabilidad penal. La
SMV supervisa y evalúa estos modelos mediante informes técnicos para asegurar
su correcto funcionamiento.
Aporte de las normas ISO a la
integridad organizacional
Las
normas internacionales ISO refuerzan este enfoque preventivo al proporcionar
marcos estructurados que limitan la discrecionalidad y fortalecen la gobernanza
ética:
ü
ISO
37001 (Sistemas de Gestión Antisoborno): establece controles específicos para
prevenir, detectar y responder al soborno, especialmente relevante en contextos
de alto poder decisorio.
ü
ISO
37301 (Sistemas de Gestión de Compliance): integra el cumplimiento normativo en la
estrategia organizacional, reforzando la rendición de cuentas de la alta
dirección.
ü
ISO
9001 y ISO 31000: contribuyen indirectamente al control
ético mediante la gestión de procesos, riesgos y mejora continua.
En
su relación con el síndrome de Betsabé, estas normas no sustituyen la ética
personal del líder, pero reducen el margen de acción para decisiones
individuales impulsivas, autoindulgentes o encubiertas.
El rol de la Contraloría
General de la República
En
el ecosistema peruano de integridad y control, la Contraloría General de la
República (CGR) cumple un papel central como ente rector del Sistema Nacional
de Control. Desde la perspectiva del síndrome de Betsabé, su función trasciende
la fiscalización ex post y se convierte en un mecanismo estructural para
contener los riesgos éticos asociados al éxito y a la concentración de poder.
Las herramientas modernas de la
Contraloría (como el control concurrente, los servicios de control simultáneo,
las auditorías de cumplimiento y la evaluación de sistemas de control interno)
actúan precisamente sobre aquellos espacios donde el líder exitoso puede
desarrollar una sensación de autonomía sin supervisión.
En términos académicos, la CGR introduce
un elemento clave frente al síndrome de Betsabé: la expectativa real de
detección. La evidencia demuestra que no es solo la norma la que disuade el
comportamiento indebido, sino la probabilidad percibida de ser observado y
evaluado por un tercero independiente.
Desde esta óptica, la Contraloría no
debe ser vista como un actor punitivo, sino como un aliado institucional para
preservar la sostenibilidad ética del liderazgo público, especialmente en
contextos de éxito presupuestal, político u organizacional.
El rol de los directorios y de
la alta dirección frente
al síndrome de Betsabé
Directorios en empresas privadas y público-privadas
En el ámbito corporativo, los
directorios constituyen el principal mecanismo de gobierno y supervisión de la
alta dirección. Desde el enfoque del síndrome de Betsabé, su responsabilidad no
se limita a aprobar estrategias o evaluar resultados financieros, sino a
ejercer un control activo sobre el uso del poder, la autonomía y los
privilegios asociados al éxito.
Un directorio eficaz debe:
ü
Supervisar
no solo el qué se logra, sino el cómo se logra.
ü
Exigir
sistemas de compliance independientes y con acceso directo al directorio.
ü
Evaluar
riesgos éticos y reputacionales asociados al liderazgo exitoso.
En empresas público-privadas y empresas
del Estado, esta función resulta aún más crítica debido a la convergencia de
recursos públicos, intereses privados y presión política.
Alta dirección en el aparato estatal peruano
En el sector público, el síndrome de
Betsabé se manifiesta con especial intensidad en los niveles de alta dirección:
presidente, presidentes de los poderes del estado, ministros, viceministros,
secretarios generales, jueces, fiscales, jefes de unidades ejecutoras, Altos
Mandos de las FFAA y PNP, entre otros.
Estos cargos concentran:
ü
Amplia
discrecionalidad en la asignación de recursos
ü
Acceso
privilegiado a información estratégica
ü
Capacidad
de influir sobre sistemas de control y supervisión
ü
Alta
exposición política y mediática
Desde una perspectiva académica, el
riesgo no radica en la autoridad en sí misma, sino en la normalización de la
excepcionalidad: la creencia de que el cargo, el respaldo político o el éxito
de gestión justifican flexibilizar reglas, procedimientos o controles.
Por ello, el liderazgo en la alta
administración pública debe entenderse como un rol fiduciario reforzado, donde
el éxito incrementa (y no reduce) la obligación de rendición de cuentas,
coherencia ética y ejemplaridad.
Buen gobierno corporativo y
valores institucionales como barreras éticas
El buen gobierno corporativo es el
principal antídoto frente al síndrome de Betsabé. No se trata de cumplimiento
formal, sino de una arquitectura de poder diseñada para contener los excesos
del éxito.
Un gobierno corporativo efectivo exige
que los directorios:
ü
Supervisen
tanto resultados como conductas.
ü
Mantengan
independencia real frente al CEO y la alta gerencia.
ü
Evalúen
riesgos éticos y reputacionales al mismo nivel que los riesgos financieros.
El
buen gobierno corporativo (BGC) constituye una de las defensas más sólidas
frente al síndrome de Betsabé tanto en organizaciones privadas como en
entidades públicas. Desde un enfoque académico, el gobierno corporativo eficaz
no se reduce a estructuras formales, sino a la alineación coherente entre
estrategia, control, ética y valores.
Los principios del buen gobierno
corporativo: transparencia, rendición de cuentas, responsabilidad, equidad y
sostenibilidad, actúan como límites normativos y culturales frente a la
discrecionalidad excesiva del liderazgo exitoso.
En este marco, los valores
institucionales cumplen un rol central cuando influyen efectivamente en la toma
de decisiones. Cuando los valores son meramente declarativos, pierden su
capacidad de orientar el comportamiento. En cambio, cuando son interiorizados y
reforzados desde la alta dirección y los directorios, se convierten en
criterios reales para la toma de decisiones y sustentan la misión y visión de
la organización.
Un liderazgo alineado con valores
sólidos implica:
ü
Coherencia
entre discurso y conducta de la alta dirección.
ü
Integración
de los valores en evaluaciones de desempeño ejecutivo.
ü
Tolerancia
cero a la “excepcionalidad moral” basada en resultados.
Un sistema de gobierno corporativo
sólido debe:
ü
Traducir
los valores institucionales en políticas, procesos y evaluaciones concretas.
ü
Asegurar
coherencia entre el discurso ético y la conducta de la alta dirección.
ü
Incorporar
la evaluación ética del liderazgo como parte del desempeño.
ü
Reforzar
la idea de que el éxito no otorga excepciones morales.
Desde
la lógica del síndrome de Betsabé, el BGC y los valores institucionales
funcionan como barreras preventivas, recordando permanentemente que el poder es
una responsabilidad y que la legitimidad del liderazgo depende tanto de los
resultados como de la integridad con la que estos se alcanzan.
Implicancias para el liderazgo
en el Perú
La
evidencia nacional muestra que muchos líderes públicos y privados sancionados
administrativa, política o penalmente no iniciaron sus carreras con déficits
éticos evidentes. Por el contrario, contaban con legitimidad social, formación
profesional y reconocimiento institucional.
El síndrome de Betsabé permite
comprender que el problema no es únicamente normativo, sino formativo y
cultural: no preparamos suficientemente a los líderes para gestionar el éxito,
el poder y la autonomía.
Recomendaciones desde una
perspectiva académica
Para líderes públicos y privados
ü
Reconocer
que el éxito incrementa la exposición al riesgo ético.
ü
Mantener
una supervisión activa aún en contextos de estabilidad.
ü
Cultivar
una vida profesional y personal equilibrada.
ü
Promover
entornos donde el disenso técnico y ético sea legítimo.
Para órganos de gobierno,
consejos directivos y entidades de control
ü
Diseñar
sistemas de control que acompañen el éxito, no solo la crisis.
ü
Fortalecer
códigos de conducta específicos para la alta dirección.
ü
Incorporar
la dimensión del bienestar psicológico y del aislamiento del líder.
ü
Garantizar
canales efectivos y protegidos de denuncia.
Conclusión
En el Perú, el
fortalecimiento institucional no depende únicamente de más normas o sanciones,
sino de una comprensión más profunda del comportamiento humano en el ejercicio
del poder. El síndrome de Betsabé nos recuerda que el liderazgo ético no se
pone a prueba solo en la adversidad, sino; y sobre todo, en el éxito.
Llamado
a la reflexión
En un
entorno donde el ascenso profesional, el reconocimiento público y el poder
decisorio son metas legítimas, resulta imprescindible formular una pregunta
incómoda pero necesaria:
¿Estamos preparando a nuestros líderes
para manejar el éxito con la misma rigurosidad con la que los preparamos para
enfrentar la crisis?
La experiencia peruana demuestra que
muchos fracasos éticos no ocurren por falta de capacidad técnica ni por
ausencia de normas, sino por la progresiva normalización del privilegio, la
autonomía sin contrapesos y la sobre confianza personal.
Para quienes ejercen liderazgo, en el
Estado, en las Fuerzas Armadas o en la empresa privada, el verdadero desafío no
es llegar a la cima, sino conservar la integridad cuando ya no hay supervisión
directa, cuando el éxito otorga acceso y cuando nadie se atreve a decir no.
Reflexionar sobre el síndrome de Betsabé
no es un ejercicio teórico: es una invitación a repensar cómo lideramos, cómo
supervisamos y cómo formamos a quienes hoy y mañana tendrán poder sobre
recursos, personas y decisiones de alto impacto.
En última instancia, el liderazgo
sostenible no se mide solo por resultados, sino por la capacidad de no perder
el rumbo ético cuando el éxito parece justificarlo todo.
Finalmente, quiero agradecer
especialmente al Contralmirante Kurt Bottger Garfias, Director de la Escuela
Superior de Guerra Naval quien me compartió el articulo original: Ludwig, D.C.,
Longenecker, C.O. The Bathsheba Syndrome: The ethical failure of successful
leaders. J Bus Ethics 12, 265–273 (1993).
https://doi.org/10.1007/BF01666530.
Jorge Padilla
Diario de bitácora, artículo número 40
lima, 16 diciembre 2025
Imagen tomada de: https://www.jw.org/es/biblioteca/libros/lecciones-historias-biblia/7/david-batseba/
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